La ciudad de Manta vive jornadas diferentes desde la aplicación del toque de queda decretado por el Gobierno en varias provincias del país. Lo que antes era una ciudad activa hasta la medianoche ahora empieza a apagarse desde las 21:00, cuando restaurantes, bares y negocios aceleran sus últimas ventas antes del cierre obligatorio.
En sectores turísticos como la avenida Flavio Reyes y el malecón, el ambiente nocturno disminuyó notablemente. Los restaurantes reciben los últimos pedidos mientras los repartidores trabajan contra el tiempo para completar entregas antes de las 23:00, hora en la que comienzan los controles policiales.
Adrián Tello, repartidor de comida a domicilio, asegura que las restricciones afectan directamente sus ingresos diarios. Antes trabajaba hasta la medianoche, pero ahora debe terminar más temprano, perdiendo varias carreras por noche. La situación también golpea a cientos de trabajadores que dependen del movimiento nocturno en la ciudad.
Los comerciantes sienten el impacto económico de manera inmediata. Delia Páez, propietaria de un negocio de arepas cerca del puerto de Manta, comenta que normalmente atendía a trabajadores portuarios hasta altas horas de la noche. Sin embargo, desde que empezó el toque de queda, sus clientes prefieren regresar rápido a casa para evitar inconvenientes.
En otras zonas comerciales como la calle 13, los negocios bajan sus puertas mucho antes de lo habitual. El sonido de las cortinas metálicas cerrándose reemplaza el movimiento que tradicionalmente caracterizaba a esta importante avenida manabita.
La reducción de personas en las calles también cambió el ambiente en espacios públicos. Habitualmente, durante fines de semana, el Municipio retiraba a decenas de personas que consumían alcohol o protagonizaban desórdenes. Ahora, las calles lucen vacías y silenciosas desde las 22:30.
Vendedores ambulantes y trabajadores informales también enfrentan dificultades. Eduardo Giler, quien vende caramelos en el malecón, afirma que el panorama actual le recuerda los días de pandemia, con calles desiertas y poca circulación de personas.
Mientras avanzan las noches en Manta, patrulleros recorren avenidas despejadas y el sonido de las sirenas rompe el silencio de una ciudad que, por ahora, termina sus actividades mucho antes de lo acostumbrado.

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